Los premios literarios son el reconocimiento a los grandes escritores que tenemos en Águilas, y que cada carnaval sacan las mejores letras y sus mejores palabras, creando textos verdaderamente bonitos, creando así un nexo entre la cultura y el carnaval.

Los ganadores del Concurso Literario 2019 han sido los siguientes:

-Mejor poesía: Marisol López Díaz, con la obra "Poesía en pistola de silicona".

Disparo silencioso

gota a gota

Sangre de tus venas

arde sedienta tu boca

cuando de mis manos

tu vida brota.

 

Tu alimento de silicona

barritas de vida son

que funden derretidos sueños

de carnaval y pasión.

 

Hebras de invisible seda

en mis dedos quemados se enredan

caliente estalactita bella

que de tu alma se libera.

 

Pistola sin metralla

en cada sábado de batalla

embriagados de disfraz.

 

Llorosa y cliente pistola

lágrimas de negra ceniza

Cuaresma pistolera que agonizas

enlutando el carnaval.

 

Tus gotas de nácar

quejidos de caracolas sin mar

llamando a la Mussona

en tu íntima oquedad.

 

La Musa imagina disfraces

que tú haces realidad

pegados con mil versos

en el alma de una ciudad.

 

Y cuando el carnaval

un manto de plumas es

tu descansas fría y olvidada

en la soledad de cualquier lugar.

 

Arma poderosa dónde la haya

gracias por tu labor callada

para ti, de oro una medalla.

 

Que vuele libre

tu hilo invisible

que ya sonríe el carnaval

en tu gota derramada.


-Mejor prosa: Eduardo Molina Carrasco, con la obra "Soldado enamorado o de como el Carnaval salvó la ciudad de Águilas".

Cuentan que no era la primera vez que el capitán de la guardia sorprendía al soldado de las calzas verdes mirando tierra adentro, en lugar de vigilar la enorme bahía.
- Capitán, ¡esto es inadmisible! - Despotricaba el Alcaide de la Torre de San Juan - ¡es la segunda vez que atraca un barco y nadie lo avistó! ¿Se imagina usted que, en puesto de uno de esos regordetes buques comerciales llegare uno de aquellos temidos esquifes con bandera enemiga? ¡No puede volver a pasar!
   El capitán, leal mando de sus hombres, no pudo hacer otra cosa que enviar, al otrora mejor ojeador del bastión, a la solitaria batería de San Pedro. “Dados sus continuos despistes, no hará tanto daño estando en zona menos franca”, maquinó el bueno del Capitán.
   “Pero…¿Qué le sucede? Él, cazador con una vista prodigiosa capaz de despertar la envidia de las águilas. Si cuentan que oteó un barco a 20 millas sin siquiera arrugar la frente. Y ahora, desdeñado por mirar montañas despreocupadamente, cuando hay tanta atrocidad enrolada en esas naves del demonio con pabellón negro” parloteaban los compañeros del ausente militar.
   ¡Pobres ciegos! Siempre mirando a lo lejos, sin prestar atención al henchir de los pechos humanos ni a las burbujeantes palabras, trepadoras de balcones y estrellas, que brotaban de su silenciosa boca. Solo observando respirar al soldado de los ojos de pasto fresco, un vigía de almas hubiera descubierto que, en esa cabeza, se habían sustituido las terribles calaveras por una visión mucho más profunda.
   El soldado, meses antes conocido por sus hazañas, olvidó, sí ciertamente, trinquetes y velas, cornetas y tambores, vientos y corrientes, para mirar al interior. A la tierra. A la aldea. A una choza. A una ventana. Y atravesando furtivamente la cortina cada vez que viento aliado lograba ondearla, la vio. Como un tesoro en el fondo del mar. Fue así, un año ha, como prendió el amor en una tez tostada al sol de guardias infinitas.
   Pese a ser reservado, el soldado atesoraba en la batería de costa muchos amigos y pocas pertenencias, teniendo mucho que ver lo poco de las segundas con lo mucho de los primeros: tinta y pluma prestadas para líneas a una madre preocupada; calzón de urgencia para el amigo de la próxima guardia; botones nuevos por el mucho mirar del Alcaide a casacas en extremaunción…Además, durante el carnaval, si bien su buen corazón le llenaba del cariño de los acuartelados, igualmente le vaciaba el atrezo de su petate.
  Fue ese año cuando el Alcaide, decidió otorgar un permiso especial y general para poder disfrutar de la noche de carnaval aguileño:
-No se preocupe usted tanto Capitán. Este permiso mejorará mi relación con la milicia, ya que a veces me excedo en mis impulsos. A la vez, me haré respetar dejando sin permiso a ese vigía que tanto aprecian y que tan mal servicio está dando a la corona.
- Pero señor Alcaide, francamente, no me parece suficiente protección sólo dos personas aquí.
- Ni me gusta el Carnaval, ni las discusiones eternas. Sé lo que hago. Puede retirarse.
   Sobre media tarde el destacamento fue informado del permiso y su excepción, y la soldadesca relevada decidió ir a descansar a las playas del Poniente. Como quiera que la casualidad, al mencionar el ventorrillo chico donde trabajaba la Martina, hizo salpicar una silenciosa ola de felicidad a los ojos del soldado, ya todos conocieron de la causa de su hechizo, conviniendo en secreto conocer si su amor era correspondido.
   Fue el cabo de mosquetes -que pensaba que un barco no debería navegar con un solo ancla ni en el amor ir con una sola esperanza-, quien confirmó que la atracción era mutua desde hacía tiempo, tras indagar con una de sus hermanas. Además pudo reconocer la letra de los apasionados poemas que leía Martina, entre suspiro y suspiro, y entre vino y sarmientos de salazones. 
   Se convino un plan sencillo: de entre todos los soldados, que irían vestidos de carnaval, dos disfrazados de ciervo acompañarían a Martina –de cabrita- al encuentro, y otros dos –de sardinas- llevarían al soldado enamorado al mismo punto, tras escamoteárselo al Alcaide. Nada más lejos de la realidad.
   Llegada la hora convenida, todos los soldados se encontraron disfrazados de carnaval en el ventorrillo chico, para acompañar a Martina. La hermana, ataviada de pantera, no estuvo conforme y decidió acompañarla también. Debido a la presencia de la hermana, el cabo de mosquetes decidió acompañarles con su disfraz de cordero, por lo que todo el rebaño subió la cuesta.
   Que poca gracia le hizo al ventero, de conejo, saber que sus hijas iban con militares de incógnito (¿?) hacia el bastión, apresadas, según las malas lenguas, por la baja calidad del hervido del local del padre. Éste no dudó en subir con sus hermanos, hijos y sobrinos, casualmente todos de ardillas, bien armados de palos y jarras de vino para el camino, en busca de las aclaraciones necesarias. Y donde hay conflicto hay decenas de curiosos que no dudaron en seguirlos a escasos metros vestidos como Dios sabe qué. 
   Las hermanas eran bellas y la belleza genera también enamorados despechados. Nada menos que 3 comparsas carnavaleras, encabezadas por tres fornidos pretendientes, también subieron. El resto de la soldadesca, al ver que medio pueblo subía la cuesta, no tardó en ser llamada a sus obligaciones castrenses e igualmente subieron al bastión con una extraña forma de desfilar, debido a los polifacéticos disfraces.
   En el lado del bastión que daba al mar, sin enterarse de nada, el Alcaide deleitaba al soldado enamorado con aburridas historias sobre su destreza en el combate. No podía pensar en aquel momento que, al levantar la bruma, se podría otear la mayor flota pirata jamás contemplada en aquellas latitudes. “¡Una maldición del cielo! Castigo por el carnaval, ¡lo sabía! ¡Muchacho, huyamos, no habrá salvación! Un caballo y para Lorca que es donde debería estar una persona de mi altura y valentía”.
   Lo que pasó después ya forma parte de la leyenda de Águilas. Parte de su imaginería y de nuestro Carnaval: Cuánto de gente con antorchas debió acudir al encuentro secreto, que la noche se volvió día en la Torre de San Juan. Qué no de gritos y voces se dieron durante horas, hasta poder escuchar una explicación coherente al alba. Y qué variedad de formas, disfraces y sombras no habría a la luz de las candelas, entre los muros de la fortaleza, que pareciera que el arca de Noé había desembarcado allí aquella noche para hacer frente a los piratas berberiscos. 
   Ni que decir tiene que, el Carnaval de Águilas, se alargó durante días para celebrar como decenas de naves enemigas viraron su rumbo pensando que las defensas de la Torre de San Juan de Águilas eran mucho más numerosas, feroces y fuertes de lo que nunca hubieran visto a lo largo de la costa mediterránea. Y Así fue como el pueblo y el espíritu del Carnaval de Águilas salvó a toda una ciudad.

-Mejor décima: Rubén Moreno García, con la obra "El siervo".

Mi Cuaresma celestial,
hoy, como tu fiel sirviente,
traigo un valioso presente
para amarte en Carnaval:
la sangre de Don Carnal.
Pues la Cuerva es la razón
de su profana coacción:
es, de dioses, la ambrosía;
de aguileños, la alegría…
Y del pueblo, el corazón.